sábado, 8 de noviembre de 2008

Nosotros somos más

Cuentan que una vez, Sandino el general, para engañar a los yanquis desfiló con sus tropas una noche por un lugar donde la soldadesca yanqui podía oírlos pasar. Toda aquella noche oscura se oyeron los pasos de los soldados, el andar de las bestias y los ruidos de las carretas y los yanquis atemorizados no se atrevieron a hacer ningún ruido que delatara su presencia ante lo que imaginaban sería una tropa muy numerosa. Pero Sandino lo que pretendía era amedrentar al enemigo, asustarlo, inmovilizarlo, darle un golpe psicológico y aquella tropa que los yanquis creyeron enorme era nada más que un pequeño grupo de soldados de a pie y de a caballo y unas cuantas carretas dando vueltas en círculo toda la santa noche y hasta el amanecer, incansables, engañando al odiado enemigo invasor.

Así, los mafiosos de ahora que se robaron el nombre y hasta las pertenencias del General Sandino y nada tienen que ver con éste, utilizan esa táctica del hábil guerrero para meterle miedo a la gente de buena voluntad. Esas turbas que ahora utilizan, esos grupos de delincuentes que reparten odio y garrotazos en nombre del amor, no son más numerosos que nosotros, no son muchos y si usted presta atención se dará cuenta que son siempre los mismos, pasando frente a nosotros una y otra vez, dando vueltas en círculo.

No, los malvados no son muchos, son sólo un grupito, la gente de buena voluntad somos más que ellos y ellos lo saben bien, por eso quieren aterrorizarnos, paralizarnos, reducirnos, someternos con su violento proceder para poder reinar entre nosotros. Si usted ha visto alguna vez una manada de ovejas entenderá lo que le digo. Un numeroso grupo de ovejas es pastoreada por un sólo hombre y uno, dos, o tres perros. Cada vez que una oveja traspasa el límite que el pastor le ha impuesto, éste sin moverse de su sitio, sólo con su silbido, envía hacia allá a uno de sus perros, que a punta de ladridos y si es necesario dándole mordiscos, obliga a la infractora a regresar al grupo. Daniel Ortega no tiene aún ─pero desea tenerla y la tendrá si se lo permitimos─ una policía que le obedezca como los perros pastores obedecen al amo, por eso utiliza en su lugar esos grupos que vemos y otros que no vemos para asustarnos, para someternos, para mantenernos dentro del redil. Pero usted y yo no somos ovejas y los perros de Ortega, por más que sean rabiosos y muerdan a veces ferozmente, no son muchos. Lo malo es que nosotros con frecuencia nos comportamos como las ovejas, nos atemorizamos, admitimos que nos traten como seres sin cerebro, dejamos que nos metan en miedo y ante la amenaza regresamos rápidamente al lugar que se nos indica, por temor al mordisco.

No, yo no le digo a usted que agarre un garrote y enfrente al perro, usted es una persona inteligente y enfrentar al perro no debería ser necesario. No hay necesidad de hacerlo y además, de ese modo nos bajaríamos al nivel del perro entrando precisamente en el juego del amo del perro. Usted deje nada más de obedecerle, muéstrele que no le teme, muévase hacia un lugar donde el perro no logre alcanzarle, piense, rebélese, júntese con otras personas de buena voluntad que tampoco quieren ser ovejas y ya va a ver usted como se cae el embrujo, como los perros al final dejarán de ladrarnos y mordernos, porque como le digo, nosotros somos más y no hay tanto perro como para podernos dominar a todos. Eso es mi certeza y mi esperanza, ojalá y sean las de usted también.

Ni perros ni ovejas, personas nada más, no permita usted que le roben su humanidad porque entonces la cosa se va a poner muy fea para usted, para mí, sus hijos y sus nietos. La oscuridad caerá sobre nosotros y ya hemos visto cuánta sangre, cuanto llanto, cuesta salir de ella.

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