lunes, 1 de diciembre de 2008

De turbas y culitos rosados (parte 1)

Por las cosas que han venido ocurriendo en este país en los últimos tiempos ─un enorme fraude electoral, por ejemplo, defendido en las calles por grupos de delincuentes que se llaman a sí mismos “el pueblo”─, bien podría creerse que Daniel Ortega está leyendo detenidamente la biografía de Anastasio Somoza García, el fundador de la dinastía que oprimió a Nicaragua por 43 años, y que está estudiando y poniendo en práctica los modos de proceder que aquel dictador utilizara en su tiempo para afianzarse en el poder y quedarse con él y en él por muchos años. Este interesante tema requeriría de un estudio profundo, pero como no tengo el tiempo para hacerlo y usted no me va a pagar para llevarlo a cabo, hoy me fijaré nada más que en una de las maneras de actuar de Daniel Ortega que parece extraída directamente del arsenal somocista para sojuzgar al pueblo: el empleo de hordas de criminales para aterrorizar a ciertos sectores de la población, paralizándolos de pánico para someterlos e imponerles sus dictados.

Sé que la investigadora Victoria González ha trabajado a profundidad sobre el feminismo, el movimiento feminista y las mujeres en la política nicaragüense y en especial sobre el tema que hoy me ocupará. Lamentablemente no tengo sus estudios a mano en este momento así que no me apoyaré en ellos para escribir el presente post. Si menciono aquí a esta investigadora es para animarle a usted a buscar y leer sus valiosos trabajos. Quizás más adelante tenga la oportunidad de reseñar alguno de sus escritos para ustedes.

Antes de empezar con mi post, déjeme poner aquí esta fotografía de esta venerable anciana que bien podría pasar por la abuelita de usted.


Pues bien, la anciana de la foto, de simpático aspecto que quizás hasta pueda inspirarle a usted ternura, es Nicolasa Sevilla, una mujer de ingrata recordación, que al frente de una horda de prostitutas, proxenetas y otros especímenes criminales impuso el terror en la población y especialmente entre la oposición real, imaginaria y potencial a los Somoza desde mediados de los años cuarenta hasta los primeros años de la década de los sesenta del siglo pasado. Su rol en el fortalecimiento del poder de la dictadura en diversos momentos, fue de vital importancia y así fue reconocido siempre por los tres Somoza, que jamás vacilaron en recurrir a esta desalmada prostituta y sus huestes en los críticos momentos en que el régimen creyera necesitarla para acallar las voces de la oposición, utilizando estas fuerzas que se presentaban a sí mismas como “el pueblo”, se hacían llamar “Frente Somocista Popular” y decían actuar de manera espontánea. Las “turbas nicolasianas”, como llegaron a ser conocidas, fueron utilizadas para reprimir a la población en aquellos frentes en que la abierta represión por parte de la Guardia Nacional (el ejército de Somoza que también ejercía funciones de policía) no era posible o habría resultado contraproducente. Esta manera de meter miedo era complementaria a otras muchas maneras que el régimen utilizaba para mantenerse por la fuerza en el poder.

Aquella mujer no se negó nunca a realizar ninguna acción que sus queridos Somoza le encomendaran y las fuerzas tenebrosas bajo su mando actuando en completa impunidad, obedecieron y ejecutaron siempre las variadas acciones tácticas que los Somoza consideraran en cada momento adecuadas a sus intereses. Estas acciones asumieron tantas formas como la malvada imaginación del dictador de turno pudiera concebir. En 1944, por ejemplo, grupos de pintarrajeadas prostitutas sacadas de los barrios bajos de la capital al mando de la Nicolasa golpearon, manosearon, escupieron, arrojaron suciedad y de mil modos vejaron y humillaron a las señoras y señoritas madres, esposas, hijas, hermanas y amigas de presos políticos, que vestidas de luto efectuaban entonces un desfile pacífico por las calles de Managua. Más tarde, a finales de los años cincuenta, luego del ajusticiamiento del tirano ejecutado por Rigoberto López, las huestes nicolasianas fueron elemento clave en el afianzamiento en el poder de los hijos del tirano cuando para descabezar a la oposición presente, futura, imaginaria y potencial, los hijos del dictador mataron por decenas y apresaron y torturaron a centenares de inocentes y encima, utilizando un aparato judicial obediente a sus mandatos, impusieron la idea de la existencia de una amplia conjura en la que hicieron formar parte a quienes ellos quisieron, condenándolos a prisión en juicios inverosímiles en los que las huestes nicolasianas se hacían presentes, apoderándose de los lugares destinados al público, gritando improperios contra los enjuiciados y a veces contra todo el mundo y manteniendo a raya a los familiares y simpatizantes de los reos. Años más tarde, Luis Somoza lanzaría a las calles a estas turbas a exigirle a él mismo mano dura con la oposición, para poder presentarse más bien ante el pueblo como un presidente civilizado, moderado y centrista.

En aquellas tres décadas sombrías, aquellas huestes criminales completaban en las calles la enorme tarea represiva que la Guardia Nacional llevaba a cabo. Las turbas nicolasianas cumplieron su papel de apoyo al régimen apaleando, denunciando, pero sobre todo, evitando que la población saliera a la calle a protestar los abusos del régimen. Las calles les pertenecían a ellos y sólo a ellos. Cualquier parecido con personajes y hechos actuales no son mera coincidencia.

Este post y el siguiente se han basado en gran parte en el ensayo biográfico “La Nicolasa: Her Life and Times” de David K. Seitz y Paul Dosh que puede usted bajar en formato doc haciendo click aquí (para formato html busque ud. en google)

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