martes, 2 de diciembre de 2008

De turbas y culitos rosados (parte 2)


[En la foto: Edgardo Cuarezma, jefe de las turbas orteguistas, heredero de Nicolasa Sevilla]

Las hordas de prostitutas, proxenetas y otros delincuentes que en la época de la dictadura somocista jefeaba Nicolasa Sevilla no tenían ningún escrúpulo en atacar a cualquier persona que se les mandara, sin importar sexo, edad o condición social de la víctima. Sin que nada les importara, sin frenos de ningún tipo, humillaban si había que humillar, golpeaban si había que golpear, acuchillaban y garroteaban si eso era lo que les parecía la acción adecuada en ese momento y sus acciones quedaban sin castigo y no eran nunca perseguidas por ninguna autoridad. Desde el discurso oficial se decía que se trataba del pueblo reaccionando enfurecido ante las acciones de sus enemigos y el pueblo tenía derecho a manifestarse.

Más que sólo aterrorizar a la oposición y la sociedad toda, el accionar de aquellos grupos producía a la vez otros resultados que favorecían a la dictadura y la fortalecían: se ganaba el favor de un buen sector de las clases populares que venían a formar un frente común con el dictador contra las capas medias y altas de la sociedad que no aceptaban a Somoza. Déjeme explicarme. La nuestra ha sido por siglos ─incluso en los años revolucionarios─ una sociedad dividida en clases en la que los que se encuentran en los estratos más altos se piensan diferentes, mejores, que aquellos ubicados en los estratos más bajos. Pero no nos enredemos, fuera de todo romanticismo la nuestra siempre ha sido una sociedad conformista y la dominación de las clases más altas hacia las más bajas fue considerado siempre un asunto legítimo, no sólo por las clases más altas sino también por los de abajo. Si los de arriba, los riquitos y blanquitos se han considerado siempre mejores, los de abajo también se creyeron el cuento por siglos. El discurso clasista de los que se encuentran en la parte más alta de la estratificación ha sido aceptado y asimilado por toda la sociedad. El clasismo es una lacra de la sociedad toda, que nos atrasa al impedirnos mirar las cosas desde la perspectiva de nación y actuar como nación. De esa división en clases de la sociedad se sirvió Somoza en su momento con fines políticos.

Las acciones violentas y el exacerbado discurso envalentonaban y alienaban a los estratos más bajos de la sociedad y los enfrentaban con las clases medias y altas que hacían oposición contra Somoza. El dictador era visto entonces por un sector de las clases bajas como el campeón de los pobres, que enfrentaba a poderosos enemigos que eran también los enemigos de los pobres. El discurso del dictador era populista y se presentaba a sí mismo y al partido liberal como el salvador de las clases menos favorecidas de la sociedad y presentaba a quienes le adversaban como enemigos del pueblo. Las acciones de la Nicolasa y sus turbas permitían a los estratos más bajos y a los grupos más violentos descargar su furia contra aquellos que el discurso que venía desde el poder les presentaba como sus enemigos de clase. El accionar de las violentas hordas nicolasianas galvanizó a un buen sector de las clases populares que formaron un bloque en contra de los que más tenían, o mejor dicho, una parte de aquellos que más tenían: los que no estaban con Somoza.

Aquel odio alimentado desde el poder y dirigido contra aquellos que se definían a sí mismos como oposición al régimen y contra aquellos que el régimen mismo identificaba como sus enemigos, estuvo siempre presente en todos los años de la dictadura, como una fogata encendida a la que sólo bastaba ponerle un poco más de leña para prender un gran fuego. La dictadura le echó constantemente leña al fuego, cada vez que creyó necesario hacerlo.

En los años ochenta del siglo pasado el odio de clase de los pobres hacia los más pudientes fue también alimentado desde el poder, como un elemento más para cohesionar a las masas alrededor del discurso y el proceso revolucionario. En esos años las categorías y conceptos de la economía política marxista fueron manejados con suma libertad y aplicados de modo mecánico a una sociedad en la que muchas de aquellas categorías y aquellos conceptos están tan fuera de lugar como un abrigo de piel bajo el ardiente sol del verano tropical. Marx nunca estudió y no entendió por tanto el funcionamiento de las sociedades latinoamericanas, y sus herederos intelectuales no pudieron nunca crear un cuerpo coherente de ideas basadas en las ideas de Marx, con el cual estudiar nuestras sociedades. En Nicaragua, una sociedad muy diferente de aquellas que Marx estudiara, las palabras “burguesía” y “proletariado” fueron echadas a rodar y aplicadas con profusión por todos, sin que la mayoría supiera su significado y entendiera las complejas relaciones que debajo de ellas subyacen. Sueltas por ahí a su libre albedrío, estas y otras categorías adquirieron connotaciones que las alejaron de sus significados originales y las convirtieron en amuletos mágicos, para decirlo de alguna manera. Al final el color claro de la piel o de los ojos fueron suficientes para definir a un “burgués”, no importaba si la persona dueña de aquella piel y aquellos ojos no tenía en aquel momento ni había tenido nunca ni en qué caer muerto, menos aún los medios de producción que la burguesía debe tener para poder ser tal cosa. Muchas veces resultaba que alguien de piel y ojos oscuros y pelo negro y ensortijado era señalado de ser un “burgués”, no por un asunto de la economía, sino por no estar de acuerdo con el discurso oficial. Las rígidas categorías económicas se flexibilizaban hasta más allá de sus límites y perdían su significado y todo contacto con la realidad. Se volvieron elementos del paisaje surrealista revolucionario y quedaron al desnudo en lo que eran: instrumentos de un discurso simplista que perseguía presentar a unos, “los burgueses”, como los malos y a otros, “el proletariado”, como los buenos, culpables los primeros de todos los males de los que los segundos eran víctimas inocentes. En el medio de ambos los revolucionarios se presentaban a sí mismos como los instrumentos de la justicia, que harían pagar a los victimarios por todo lo malo que habían hecho a los pobres. Que en Nicaragua, lo que pudiera llamarse burguesía fuese una cosa muy pequeñita y que el proletariado fuese nada más que un ínfimo porcentaje del total de la población económicamente activa, no era un obstáculo para el discurso revolucionario, que fluía como un río, arrastrándolo todo.

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