jueves, 2 de agosto de 2018

La víbora decapitada

 
‘Wishful thinking’ llaman en inglés a eso que ocurre cuando uno confunde la realidad con sus deseos y cree que las cosas son del modo en que le gustaría que fuesen, pero no son así. Alguien pensará que cuando digo que Ortega es un muerto andante y su dictadura es de papel estoy confundiendo la realidad con mis deseos, que la fumé verde y estoy alucinando. Voy a exponerle mis ideas para que vea usted por qué pienso como pienso. Vamos a pelar esta cebolla capa por capa. Lo que le voy a decir lo han dicho más gentes seguramente pero no está de más repetirlo. [En realidad hay que repetir estas cosas, para no perder la visión]

Ortega está solo. Mire que ahora que el pueblo se le alzó nadie salió a defenderlo, ni siquiera aquellos que han recibido sus limosnas. Claro, salieron los sicarios a matar gente de modo indiscriminado, pero esos no cuentan, esos son, la palabra lo dice: asesinos a sueldo. Ninguno de los que según el grupo de mafiosos del así llamado ‘Consejo Supremo Electoral’ votaron por Ortega en las pasadas elecciones salió a dar la cara por él y a enfrentarse a quienes osaban desafiar a ‘su líder’. Si fuese cierto que Ortega tiene tantos seguidores como quiere hacernos creer, ¿cómo es que ninguno de ellos sacó la cara por él en estos días? ¿cómo es que tuvo que contratar mercenarios? Nadie lo quiere y por eso tiene que comprar caricias, de criminales en este caso, de sus sicarios.
Para conseguir concurrencia a las manifestaciones que ha organizado en los últimos tiempos, el Orteguismo, como Somoza antes, ha tenido que recurrir a forzar bajo amenaza a los empleados públicos a acudir a ellas y al igual que hicieran los Somoza ha tenido que acarrear a gente pobre de todo el país ofreciéndoles un paseo a la capital con boleto pagado de ida y vuelta, fiesta, guaro, nacatamal y unos bollitos, que en estos aciagos tiempos no vienen mal.

En el ámbito internacional Ortega está aislado y así se quedará. Como a un apestado todos se le apartan. Sólo han quedado de su lado, condicionalmente, aquellos que no cuentan, los otros apestados del continente: Venezuela y Bolivia. Hasta Luis Almagro que hasta hace poco parecía tenerle cierta estima se ha ido ruidosamente, para que todo el mundo lo viera, al otro lado.

Nadie cree lo que dice, ni dentro ni fuera del país, ninguna organización internacional, ningún gobierno, nadie. Ni la Unión Europea, ni el gobierno estadounidense, ni la ONU ni la OEA. Nadie, absolutamente nadie. Como el emperador del cuento aquel, Ortega está desnudo y sus miserias están expuestas a la vista del mundo. Nadie le cree, aunque llame mentirosas a personas y organizaciones de reconocida credibilidad. Para todos es claro que quien miente es Ortega, que su cuento es compĺetamente falso.

El ruido es ensordecedor y no lo deja dormir. No lo deja vivir. Por más que quiera tapar sus oídos, desde fuera y dentro del país el clamor porque pare la represión, porque se vaya, porque adelante las elecciones es atronador.

Sus esperanzas se desvanecen. Ortega pensó enamorar a Trump por esa extraña fascinación que éste tiene por los autócratas, por los ‘hombres fuertes’ y desde Fox News le hizo ojitos, pero a Trump no le gustan los derrotados, los ‘losers’, los que van camino al basurero de la historia, menos aún si vienen de un pequeño país del tercer mundo.

Como la cabeza de una víbora que después de haber sido separada del cuerpo de un machetazo es aún capaz de matar, Ortega, aún derrotado, es peligroso y como hemos podido ver en estos días, continúa matando. No hay que quitar la vista de la cabeza cortada de la víbora, no hay que dejar que nos clave los colmillos. Que Ortega está derrotado no quiere decir que ha sido neutralizado. Se encuentra entre la espada y la pared pero incluso un gallo viejo y artrítico, desplumado y sin navajas, es aún capaz de hacer daño cuando se encuentra arrinconado. Aún falta darle el golpe mortal.

Pronto se quedará sin armas ni municiones. El ejército, quiero creer que de mala gana, fue cómplice suyo en la pasada insurrección no violenta del pueblo y se hizo de la vista gorda mientras las hordas criminales orteganas masacraban a la población desarmada. Los paramilitares existen porque el ejército lo permite. Pero los generales tienen sus propios intereses y no se inmolarán con el dictador y se irán del lado del pueblo cuando éste se muestre como el caballo ganador, cuando presente una salida aceptable, o cuando desde fuera les obliguen a abandonar a Ortega. Puestos a escoger entre su propia existencia y la de Ortega, los militares lo repudiarán y le escupirán en el rostro. Con el ejército dándole la espalda al dictador y haciéndose del lado del pueblo, los paramilitares se evaporarán como las aguas de los charcos en el calcinante sol del mediodía tropical.

(La foto del inicio es de La Prensa, diario nicaragüense)