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miércoles, 3 de diciembre de 2008

De turbas y culitos rosados (parte 3)


En la Nicaragua del S. XXI, que tiene ya más experiencia de la que tenía en los años setenta y ochenta del siglo pasado, cuando abrazó la revolución con esperanza, no es posible ya utilizar las mismas palabras que en aquellos tiempos se utilizaban para separar a los unos de los otros, para identificar a los “malos” y a los “ buenos”, a los tuyos y a los míos. Las palabras de entonces se han desgastado con el uso y el abuso, se han devaluado y ya no surten el efecto deseado, no cumplen su trabajo y por eso la imaginería orteguista busca nuevas palabras para ponerle nombres a las cosas y designar a los propios y a los ajenos. Los orteguistas se ven en problemas sin embargo, para encontrar las nuevas palabras, pues si en la revolución sandinista la intelectualidad creadora era ya escasa y la creatividad era fuertemente combatida, en el orteguismo ambas han desaparecido y la escasa imaginación de los paniaguados del régimen sólo es capaz de proveer palabras que rápidamente dejan al descubierto aquello que se quiere ocultar, sus oscuras intenciones. Desprovistos de ideología, carentes de un cuerpo teórico coherente para analizar la sociedad, para interpretar la realidad, los orteguistas producen balbuceos que dejan expuestas a la luz del día su pobreza intelectual. Así, han empezado a usar, quedando en el ridículo, las palabras “oligarquía” y “oligarcas” para referirse a quienes se les oponen, cuando cualquiera puede ver que estas palabras a quienes definen con claridad meridiana en este momento es a Daniel Ortega y su grupo oligarca. Ellos y no otros son quienes forman la nueva oligarquía.

En algún momento de este año se empezó a utilizar la frase “culitos rosados” para referirse a una parte de la oposición al gobierno. Creo que la frase fue acuñada a raíz de una protesta de un grupito de valientes jóvenes que fueron apaleados por una turba orteguista que les aventajaba en número, en peso, en años y en mañas. Al llamar a estos jóvenes ─y luego a la oposición en general─ “culitos rosados” se pretende dar a entender que se trata de gente de las clases altas, en las que la piel clara es más frecuente que en las clases bajas. Se pretende deslegitimar, descalificar a la oposición y hacer aparecer las cosas como un enfrentamiento de unos “pobres”, a cuya cabeza se encuentra Ortega mismo, contra unos “ricos” que son parte de una conjura dirigida por el “imperialismo yanqui”. Ahora no se trata de “ burgueses” enfrentados al “proletariado”, ahora se trata de “ blancos” contra “indios” y “negros”, de “ricos” contra “pobres”. De nuevo pues, como en los tiempos del viejo Tacho y en la época sandinista, se recurre a alimentar el odio, a enfrentar a una parte del pueblo contra otra, a unas clases contra otras.

En la marcha contra el fraude electoral, que las fuerzas de choque orteguistas impidieron a la oposición realizar el día 18 de noviembre, había mucha gente de piel blanca, gente que ahora podría calzar en la flexible, acomodaticia definición de “culito rosado”, pero cosa no muy rara, mucha de esta gente era la misma que en aquellos duros años de la década de los ochenta estuvo participando activamente, como dirigentes de todos los niveles y como soldados de a pie, en las tareas de la revolución. En aquel entonces, aún con sus pieles y ojos claros no eran considerados burgueses, pero hoy son metidos en el amplio saco de los “culitos rosados”, un saco en el que dicho sea de paso un día terminaremos casi todos, no importa si tenemos los culitos tan negros como el rabo de un mono congo. A fin de cuentas, en la locura orteguista el color de nuestro culito está dado por nuestra simpatía o antipatía hacia él y todo aquel que se le oponga verá como pronto su culito adquiere un cierto color rosa. Los que estén con él, sin importar el color de su piel pasan seguramente a pertenecer a la raza de los “culinegros”, la nueva nomenklatura.

Esto de poner nuevos nombres a las cosas, marcarlas para hacerlas identificables por su propia gente no es una práctica ociosa de la dictadura, obedece a su visión maniquea y es su manera de poner las cosas claras, se pinta de blanco todo lo mío, la gente inclusive y de negro todo lo que me adversa, incluida la gente. En la coloración y a la par de ella va viajando el mensaje, simple como un anillo: yo soy bueno, lo que me adversa es malo, demoníaco.

Ortega, al igual que Somoza García en su momento, necesita tener enemigos, alguien a quien poder echarle la culpa de todos los males, alguien hacia quien poder dirigir las frustraciones de un pueblo que se agita en la miseria, en la tristeza, en la desesperanza y que es nada más que el instrumento y la víctima de las ansias de poder de un individuo y en este caso, de su mujer también. En las sociedades primitivas, en las pandillas y maras, en los grupos de fanáticos de un club de fútbol, la cohesión del grupo es proporcionada sobre todo por la existencia de un enemigo que pone en peligro la existencia del grupo, que ataca a la esencia de ser del grupo mismo. Es este el expediente al que Ortega y su grupo recurren ahora, la creación de un enemigo, pensando que a fin de cuentas la nuestra es una sociedad atrasada, primitiva, que al igual que los “hooligans”, esos violentos fanáticos ingleses del fútbol, reaccionaremos como energúmenos frente a quienes el discurso oficial pretende presentarnos ahora como nuestros enemigos. Ortega tiene una razón más, profunda, existencial, para desear encontrar un enemigo: es incapaz de gobernar, la presidencia le queda demasiado grande y eso sólo podrá ocultarlo encontrando un enemigo a quien culpar de sus propios errores.

Demonizar a la oposición utilizando un discurso maniqueo, violento, confrontativo y radicalizador, que destruye cualquier puente para la comunicación, alimentar el odio de clases para hacer avanzar objetivos políticos no son pues tácticas exclusivas de la izquierda ni de la lucha política de los nuevos tiempos, Somoza García hacía uso de ellas ya desde sus primeros años y Ortega las utiliza ahora, aunque menos elegantemente porque no es tan inteligente y hábil como su maestro. Una cosa olvida Ortega y es que desde mediados del siglo pasado hasta ahora, mucha agua ha corrido ya debajo del puente. La sociedad tiene más experiencia, la población está más despierta y las burdas maniobras de este aprendiz de dictador quedan siempre en evidencia, sus intenciones quedan al descubierto. Un día no muy lejano este dictador también caerá.

martes, 2 de diciembre de 2008

De turbas y culitos rosados (parte 2)


[En la foto: Edgardo Cuarezma, jefe de las turbas orteguistas, heredero de Nicolasa Sevilla]

Las hordas de prostitutas, proxenetas y otros delincuentes que en la época de la dictadura somocista jefeaba Nicolasa Sevilla no tenían ningún escrúpulo en atacar a cualquier persona que se les mandara, sin importar sexo, edad o condición social de la víctima. Sin que nada les importara, sin frenos de ningún tipo, humillaban si había que humillar, golpeaban si había que golpear, acuchillaban y garroteaban si eso era lo que les parecía la acción adecuada en ese momento y sus acciones quedaban sin castigo y no eran nunca perseguidas por ninguna autoridad. Desde el discurso oficial se decía que se trataba del pueblo reaccionando enfurecido ante las acciones de sus enemigos y el pueblo tenía derecho a manifestarse.

Más que sólo aterrorizar a la oposición y la sociedad toda, el accionar de aquellos grupos producía a la vez otros resultados que favorecían a la dictadura y la fortalecían: se ganaba el favor de un buen sector de las clases populares que venían a formar un frente común con el dictador contra las capas medias y altas de la sociedad que no aceptaban a Somoza. Déjeme explicarme. La nuestra ha sido por siglos ─incluso en los años revolucionarios─ una sociedad dividida en clases en la que los que se encuentran en los estratos más altos se piensan diferentes, mejores, que aquellos ubicados en los estratos más bajos. Pero no nos enredemos, fuera de todo romanticismo la nuestra siempre ha sido una sociedad conformista y la dominación de las clases más altas hacia las más bajas fue considerado siempre un asunto legítimo, no sólo por las clases más altas sino también por los de abajo. Si los de arriba, los riquitos y blanquitos se han considerado siempre mejores, los de abajo también se creyeron el cuento por siglos. El discurso clasista de los que se encuentran en la parte más alta de la estratificación ha sido aceptado y asimilado por toda la sociedad. El clasismo es una lacra de la sociedad toda, que nos atrasa al impedirnos mirar las cosas desde la perspectiva de nación y actuar como nación. De esa división en clases de la sociedad se sirvió Somoza en su momento con fines políticos.

Las acciones violentas y el exacerbado discurso envalentonaban y alienaban a los estratos más bajos de la sociedad y los enfrentaban con las clases medias y altas que hacían oposición contra Somoza. El dictador era visto entonces por un sector de las clases bajas como el campeón de los pobres, que enfrentaba a poderosos enemigos que eran también los enemigos de los pobres. El discurso del dictador era populista y se presentaba a sí mismo y al partido liberal como el salvador de las clases menos favorecidas de la sociedad y presentaba a quienes le adversaban como enemigos del pueblo. Las acciones de la Nicolasa y sus turbas permitían a los estratos más bajos y a los grupos más violentos descargar su furia contra aquellos que el discurso que venía desde el poder les presentaba como sus enemigos de clase. El accionar de las violentas hordas nicolasianas galvanizó a un buen sector de las clases populares que formaron un bloque en contra de los que más tenían, o mejor dicho, una parte de aquellos que más tenían: los que no estaban con Somoza.

Aquel odio alimentado desde el poder y dirigido contra aquellos que se definían a sí mismos como oposición al régimen y contra aquellos que el régimen mismo identificaba como sus enemigos, estuvo siempre presente en todos los años de la dictadura, como una fogata encendida a la que sólo bastaba ponerle un poco más de leña para prender un gran fuego. La dictadura le echó constantemente leña al fuego, cada vez que creyó necesario hacerlo.

En los años ochenta del siglo pasado el odio de clase de los pobres hacia los más pudientes fue también alimentado desde el poder, como un elemento más para cohesionar a las masas alrededor del discurso y el proceso revolucionario. En esos años las categorías y conceptos de la economía política marxista fueron manejados con suma libertad y aplicados de modo mecánico a una sociedad en la que muchas de aquellas categorías y aquellos conceptos están tan fuera de lugar como un abrigo de piel bajo el ardiente sol del verano tropical. Marx nunca estudió y no entendió por tanto el funcionamiento de las sociedades latinoamericanas, y sus herederos intelectuales no pudieron nunca crear un cuerpo coherente de ideas basadas en las ideas de Marx, con el cual estudiar nuestras sociedades. En Nicaragua, una sociedad muy diferente de aquellas que Marx estudiara, las palabras “burguesía” y “proletariado” fueron echadas a rodar y aplicadas con profusión por todos, sin que la mayoría supiera su significado y entendiera las complejas relaciones que debajo de ellas subyacen. Sueltas por ahí a su libre albedrío, estas y otras categorías adquirieron connotaciones que las alejaron de sus significados originales y las convirtieron en amuletos mágicos, para decirlo de alguna manera. Al final el color claro de la piel o de los ojos fueron suficientes para definir a un “burgués”, no importaba si la persona dueña de aquella piel y aquellos ojos no tenía en aquel momento ni había tenido nunca ni en qué caer muerto, menos aún los medios de producción que la burguesía debe tener para poder ser tal cosa. Muchas veces resultaba que alguien de piel y ojos oscuros y pelo negro y ensortijado era señalado de ser un “burgués”, no por un asunto de la economía, sino por no estar de acuerdo con el discurso oficial. Las rígidas categorías económicas se flexibilizaban hasta más allá de sus límites y perdían su significado y todo contacto con la realidad. Se volvieron elementos del paisaje surrealista revolucionario y quedaron al desnudo en lo que eran: instrumentos de un discurso simplista que perseguía presentar a unos, “los burgueses”, como los malos y a otros, “el proletariado”, como los buenos, culpables los primeros de todos los males de los que los segundos eran víctimas inocentes. En el medio de ambos los revolucionarios se presentaban a sí mismos como los instrumentos de la justicia, que harían pagar a los victimarios por todo lo malo que habían hecho a los pobres. Que en Nicaragua, lo que pudiera llamarse burguesía fuese una cosa muy pequeñita y que el proletariado fuese nada más que un ínfimo porcentaje del total de la población económicamente activa, no era un obstáculo para el discurso revolucionario, que fluía como un río, arrastrándolo todo.

lunes, 1 de diciembre de 2008

De turbas y culitos rosados (parte 1)

Por las cosas que han venido ocurriendo en este país en los últimos tiempos ─un enorme fraude electoral, por ejemplo, defendido en las calles por grupos de delincuentes que se llaman a sí mismos “el pueblo”─, bien podría creerse que Daniel Ortega está leyendo detenidamente la biografía de Anastasio Somoza García, el fundador de la dinastía que oprimió a Nicaragua por 43 años, y que está estudiando y poniendo en práctica los modos de proceder que aquel dictador utilizara en su tiempo para afianzarse en el poder y quedarse con él y en él por muchos años. Este interesante tema requeriría de un estudio profundo, pero como no tengo el tiempo para hacerlo y usted no me va a pagar para llevarlo a cabo, hoy me fijaré nada más que en una de las maneras de actuar de Daniel Ortega que parece extraída directamente del arsenal somocista para sojuzgar al pueblo: el empleo de hordas de criminales para aterrorizar a ciertos sectores de la población, paralizándolos de pánico para someterlos e imponerles sus dictados.

Sé que la investigadora Victoria González ha trabajado a profundidad sobre el feminismo, el movimiento feminista y las mujeres en la política nicaragüense y en especial sobre el tema que hoy me ocupará. Lamentablemente no tengo sus estudios a mano en este momento así que no me apoyaré en ellos para escribir el presente post. Si menciono aquí a esta investigadora es para animarle a usted a buscar y leer sus valiosos trabajos. Quizás más adelante tenga la oportunidad de reseñar alguno de sus escritos para ustedes.

Antes de empezar con mi post, déjeme poner aquí esta fotografía de esta venerable anciana que bien podría pasar por la abuelita de usted.


Pues bien, la anciana de la foto, de simpático aspecto que quizás hasta pueda inspirarle a usted ternura, es Nicolasa Sevilla, una mujer de ingrata recordación, que al frente de una horda de prostitutas, proxenetas y otros especímenes criminales impuso el terror en la población y especialmente entre la oposición real, imaginaria y potencial a los Somoza desde mediados de los años cuarenta hasta los primeros años de la década de los sesenta del siglo pasado. Su rol en el fortalecimiento del poder de la dictadura en diversos momentos, fue de vital importancia y así fue reconocido siempre por los tres Somoza, que jamás vacilaron en recurrir a esta desalmada prostituta y sus huestes en los críticos momentos en que el régimen creyera necesitarla para acallar las voces de la oposición, utilizando estas fuerzas que se presentaban a sí mismas como “el pueblo”, se hacían llamar “Frente Somocista Popular” y decían actuar de manera espontánea. Las “turbas nicolasianas”, como llegaron a ser conocidas, fueron utilizadas para reprimir a la población en aquellos frentes en que la abierta represión por parte de la Guardia Nacional (el ejército de Somoza que también ejercía funciones de policía) no era posible o habría resultado contraproducente. Esta manera de meter miedo era complementaria a otras muchas maneras que el régimen utilizaba para mantenerse por la fuerza en el poder.

Aquella mujer no se negó nunca a realizar ninguna acción que sus queridos Somoza le encomendaran y las fuerzas tenebrosas bajo su mando actuando en completa impunidad, obedecieron y ejecutaron siempre las variadas acciones tácticas que los Somoza consideraran en cada momento adecuadas a sus intereses. Estas acciones asumieron tantas formas como la malvada imaginación del dictador de turno pudiera concebir. En 1944, por ejemplo, grupos de pintarrajeadas prostitutas sacadas de los barrios bajos de la capital al mando de la Nicolasa golpearon, manosearon, escupieron, arrojaron suciedad y de mil modos vejaron y humillaron a las señoras y señoritas madres, esposas, hijas, hermanas y amigas de presos políticos, que vestidas de luto efectuaban entonces un desfile pacífico por las calles de Managua. Más tarde, a finales de los años cincuenta, luego del ajusticiamiento del tirano ejecutado por Rigoberto López, las huestes nicolasianas fueron elemento clave en el afianzamiento en el poder de los hijos del tirano cuando para descabezar a la oposición presente, futura, imaginaria y potencial, los hijos del dictador mataron por decenas y apresaron y torturaron a centenares de inocentes y encima, utilizando un aparato judicial obediente a sus mandatos, impusieron la idea de la existencia de una amplia conjura en la que hicieron formar parte a quienes ellos quisieron, condenándolos a prisión en juicios inverosímiles en los que las huestes nicolasianas se hacían presentes, apoderándose de los lugares destinados al público, gritando improperios contra los enjuiciados y a veces contra todo el mundo y manteniendo a raya a los familiares y simpatizantes de los reos. Años más tarde, Luis Somoza lanzaría a las calles a estas turbas a exigirle a él mismo mano dura con la oposición, para poder presentarse más bien ante el pueblo como un presidente civilizado, moderado y centrista.

En aquellas tres décadas sombrías, aquellas huestes criminales completaban en las calles la enorme tarea represiva que la Guardia Nacional llevaba a cabo. Las turbas nicolasianas cumplieron su papel de apoyo al régimen apaleando, denunciando, pero sobre todo, evitando que la población saliera a la calle a protestar los abusos del régimen. Las calles les pertenecían a ellos y sólo a ellos. Cualquier parecido con personajes y hechos actuales no son mera coincidencia.

Este post y el siguiente se han basado en gran parte en el ensayo biográfico “La Nicolasa: Her Life and Times” de David K. Seitz y Paul Dosh que puede usted bajar en formato doc haciendo click aquí (para formato html busque ud. en google)