martes, 2 de febrero de 2021

Unas pocas verdades sobre las elecciones


Las cosas que en esta nota escribo son cosas que muchos hemos dicho ya desde mucho antes de abril del 2018 y hemos repetido una y otra vez en los casi tres años transcurridos desde entonces. A estas alturas todos deberían saber esto que aquí escribo pero comunicándome por aquí y por allá con nicas de todas partes y leyendo los comentarios que circulan en las redes, me doy cuenta de que hay muchas personas que parecen desconocerlas. Para ellas escribo esta nota, lo más sencillamente que pueda para ver si de ese modo entienden al fin que las elecciones que vienen son un engaño nada más, un truco de Ortega para conservar su poder y su fortuna. Las elecciones no cambiarán nada, quizás sólo cambie la apariencia de las cosas, que detrás del disfraz serán las mismas de siempre.

El poder no se rifa. Allá a finales de la década de 1980 mucha gente decía a Ortega que ganaría de calle si iba a elecciones y él estaba convencido de que así sería de tal modo que se sorprendió cuando perdió las de 1990, que no estuvieron bajo su control y fueron limpias. Adicto al poder ya desde entonces, aquel hombre casi cayó muerto de tristeza (busque si no me cree las fotos de aquella época). Habrá sido entonces que Ortega decidió que al obtener de nuevo la presidencia no sometería nunca más su poder al juicio de las volubles masas, y cuando finalmente subió de nuevo a la presidencia, se construyó un organismo electoral a su imagen y semejanza para garantizarse que él y solo él decidiría quién ganaría y quién perdería toda elección que se realizara en el país. Una vez de regreso en la silla que tanto le gusta hizo eso precisamente, se creo un Consejo Supremo Electoral que le obedece ciegamente.

El ejecutivo se puede prestar. Ortega ha estudiado y copiado a los dictadores que mangonearon Nicaragua antes que él y probablemente a otros de otros países y sabe que a veces, para asegurar la propia tranquilidad y a veces la sobrevivencia, es necesario fingirse demócrata y dejar que se haga cargo del ejecutivo alguien que parezca independiente, alguien que será llamado presidente pero no tendrá el poder pues ese permanecerá en las manos del dictador. Así, el o la presidente estará a cargo del ejecutivo mientras el ejército y la policía y hasta la Asamblea Nacional seguramente, permanecerán fieles y obedientes a Ortega, quien además de los órganos formales dirige un ejército de paramilitares y tiene sus propios aparatos de inteligencia y control. No importa si la persona que gana la elección es cristiana o es atea, en su corazón será Orteguista.

Mientras sea el Consejo Supremo Electoral de Ortega quien las organice, en Nicaragua no habrá elecciones. Serán otra cosa pero no serán elecciones, por más que las llamen de este modo. Serán una enorme farsa realizada con la complicidad de organismos regionales afines al sandinismo para guardar las apariencias frente a la comunidad internacional y para hacer creer a los nicaragüenses ingenuos que en realidad se hizo una elección y que los votos fueron contados, pero no será nada más que eso: una farsa enorme, una burla dolorosa al país todo y especialmente a la memoria de quienes murieron enfrentando a la dictadura o están presos o en el duro exilio. Por supuesto, para garantizar que se produzcan elecciones limpias se necesitaría de muchas otras acciones que van más allá de solo transformar de raíz el organismo electoral y reformar la ley electoral, pero no voy a referirme a ellas aquí pues esta nota sería entonces demasiado extensa.

En Nicaragua los votos ni cuentan ni se cuentan. Desde que Ortega se apoderó por completo del Consejo Supremo Electoral, los resultados de las “elecciones” llevadas a cabo por este organismo están determinados antes de que ellas se produzcan. Se conoce de antemano cuántos votos se anunciará que obtuvo cada cual, se sabe quién “ganará” y quién “perderá” y se acomodan las cifras de votos para que se correspondan con el resultado deseado. No importa por quien votés, tu voto no cuenta, no sirve para nada, es menos valioso que la hoja de plátano de un nacatamal ya comido. Hay mil y un trucos que los sandinistas a todos los niveles utilizan, unos más burdos y descarados que otros, para procurar esconder la manipulación de las cifras, desde las urnas de votación hasta el lugar central de cómputo de los datos. Al final, las cifras anunciadas no se corresponden para nada con la realidad de la votación.

Ortega no confía en nadie, ni siquiera en aquellos que le juran lealtad y le dicen señor, señor. Por eso, incluso en aquellos lugares donde tiene simpatizantes y quizás ganaría si la elección fuese limpia, el número de votos obtenidos por cada uno de los “candidatos” no se deja al azar y es establecido de antemano, no importa si los electores votaron por Ortega o por cualquier otro. Ortega tiene alergia al voto popular. Ya una vez fue desagradablemente sorprendido y no quiere volver a sufrirlo y no lo sufrirá. El resultado de la elección estará arreglado de antemano y será el que Ortega ordene y ningún otro.

Todos los candidatos son colaboracionistas. Todos los candidatos y todas las candidatas saben bien estas cosas que estoy diciéndole (aquí uso el lenguaje inclusivo para que no se escondan las desvergonzadas detrás del lenguaje patriarcal). Todos y todas saben que participando en la “elección” están legitimando al gobierno de Ortega, dándole una mano de pintura democrática, pero no les importa. Les importa más la ganancia personal pues todos ellos y ellas ganan, aunque no salgan “electos” al cargo que persiguen. Es igual con quienes están detrás de cada candidato o candidata, todos y todas van buscando el beneficio personal, un empleo, una teta de la escuálida vaca del erario para pegarse a ella. En Nicaragua la dignidad se vende y se compra como en una pulpería. Como dicen algunos “mejor que me digan piñatero y no pobre” y allá van todos y todas con mucho entusiasmo detrás de la piñata de la fiesta electorera, una fiesta, vale decirlo, que como siempre es pagada con los bienes del pueblo.

Todos son candidatos de la dictadura. Sí, en las elecciones participarán únicamente aquellos candidatos y candidatas que cuenten con la venia “del hombre”. Todos han sido puestos en la balanza y aquellos grupos políticos y candidatos que no den el peso y el dictador no apruebe quedarán fuera del juego. Su consejo electoral da y quita personerías jurídicas e inhabilita candidatos a todos los niveles según le manda Ortega.

La campaña electoral es una farsa. Las concentraciones, las marchas y otros actos públicos son escenas nada más del teatro del engaño electoral. Sirven para guardar las apariencias y son también elementos para la negociación con Ortega, para procurar convencerle de dar más votos a unos que a otros. Es coqueteo puro con el viejo tirano, con “coyoles”, por más que en los discursos se le digan pestes. Es también engaño al pueblo humilde, utilización descarada, impúdica manipulación de sus sentimientos.

Nadie defenderá tu voto. Aquellos que dicen que después de las elecciones van “a defender el voto” son canallas nada más, cínicos y perversos. Saben que el voto de usted no vale nada, que es papel mojado. Ellos y ellas saben que lo que aquí escribo es la pura verdad y sin embargo pretenden embaucarlo a usted y quizás, para la conveniencia de ellos y en el colmo de la crueldad hasta llegarán a instigarlo para que vaya usted a enfrentarse con los sicarios de la dictadura “a defender su voto”.

El voto se defiende antes de depositarlo, luchando por derrocar a la dictadura y para crear luego las condiciones para realizar unas elecciones verdaderamente libres y limpias. Una vez que se entra al juego de Ortega y se aceptan sus reglas no hay manera de cambiar el resultado, los participantes de esa ópera bufa lo saben muy bien.

Antes y después, como siempre, habrá pacto. Lo he dicho repetidas veces, gracias al pacto que los hermanos Ortega, en ese entonces juntos aún, hicieran con su agente encubierto Antonio Lacayo, yerno de la señora Violeta Barrios vda. de Chamorro, se mandaron a la basura los votos del pueblo que la habían elegido presidente y se les regresó a los Ortega el poder que habían perdido. Además de eso, se les permitió a ellos y sus allegados alzarse con miles de millones de dólares que pertenecían al pueblo de tal modo que abandonaron el gobierno felices, ricos y gordos como cerdos cebados. Los pactos son siempre escamoteo del poder popular. Fuera de los ojos de las gentes se desarma, se desnuda al pueblo y se le quita todo poder, pues el poder, para las élites, es cosa demasiado fina como para dársela al vulgo. “Las perlas no son para los cerdos”, dicen, citando a Mateo sin saberlo.

Antes y después de las “elecciones” se negociarán las carnes del pueblo, se repartirán los cargos y Ortega, el dueño del poder, dará a cada uno un pedacito, no mucho, quedándose el mismo con la parte del león.

Las elecciones de Ortega solo le sirven a Ortega, le dan oxígeno a la moribunda dictadura. Aquellos que en ellas participan no están haciéndole ningún favor al pueblo, todo lo contrario, solo están garantizando una dictadura per saecula saeculorem.

Aquí termino. Podría decir más, pero no es necesario, creo que basta con lo que aquí escribo para entender que esas elecciones no cambian nada y que con ellas no se derrotará a la dictadura sino que por el contrario, se la fortalecerá. Esos discursos triunfalistas de los candidatos son una vergüenza pues ya saben a qué conduce toda esta farsa. Todos los espacios han sido cerrados, es su parcela, es su maizal, y Ortega no dejará escapar chancho con mazorca.

sábado, 2 de mayo de 2020

El país de los Ortega

 Seven Errors of the Nicaraguan Government on the Pandemic | Havana ...


Ortega habló y por sus palabras, parece que vive en otro país, en otro mundo. Y es así exactamente: él, su mujer, sus hijos e hijas, yernos y nueras y toda su descendencia de vampiros que se alimentan de la sangre del pueblo viven en otro país.
El de ellos, es un país que ni siquiera tiene la misma temperatura que el nuestro. Si ustedes se fijan, en el país de ellos la gente tiene que usar chaquetas pues hace frío, sus acondicionadores de aire no se paran nunca combatiendo el terrible calor de la Nicaragua nuestra pues ellos son dueños de todo, los combustibles y la energía eléctrica incluidos. Mientras en el bochorno de la Managua en verano la gente suda por todas partes del cuerpo sin importar si se puso antitranspirante y a mediodía huele a cacho quemado, ellos van por ahí, dentro de sus autos blindados, con sus camisitas blancas inmaculadas, oliendo a Hugo Boss y a Chanel y al perfume de moda mandado a traer directamente de París y que el mismísimo embajador se encargó de ir a comprar, pues todos los embajadores son sus mandaderos y están ahí donde están para hacerles los mandados.
Viven en otro país, uno donde no falta la comida, donde ninguno tiene que trabajar y puede adquirir lo que se les ocurra, donde lo que se puede tener está limitado por la propia imaginación del principito o la princesita. El teléfono más caro, la ropa más cara, el televisor más nuevo y más caro, todo puede tenerse, no importa lo que cueste pues cuando se tiene todo el dinero todo vale nada. Aquí es cierto eso de “pide y se te concederá” que se lee en la biblia.
Es aquel un país donde podrías comer lo que se te ocurriera y no solo gallopinto si tuvieras imaginación y buen gusto (alguna vez, después de ver películas de ricos o esos “reality shows”, se le ha ocurrido a más de uno mandar a traer el más fino caviar solo para tirarlo a los perros después de probarlo porque “esa mierda parece jarabe de hígado de bacalao” pues como dice un buen amigo mio “el chancho como lo crían”).
En ese país de ellos la vida es una fiesta permanente, es como el cielo que imaginan los pobres, solo que mejor pues la imaginación de lo que se puede tener aumenta cuando has visto las cosas que podés tener, cuando has ido a tiendas llenas de cosas que podés adquirir con solo pedir que las pongan a la cuenta de papá o mamá, cuando has visto los anuncios de los canales extranjeros y has leído las revistas que leen los ricos.
Rodeados de criados que están ahí, disponibles a cualquier hora del día o de la noche, los miembros de la familia solo tienen que hacer una seña para ver cumplido el más disparatado de los caprichos. Todos son vistos como criados de la familia en realidad, no importa si son ministros, o embajadores o alcaldes, todos quienes reciben un sueldo del estado-partido están al servicio de la familia. Los demás son solo súbditos.
¿Entienden por qué fueron “con todo” cuando un grupito de jóvenes protestó en abril del 2018 y han seguido desde entonces yendo con todo?
Después de vivir en el cielo ya no se puede más vivir en la tierra y además, aunque ya son inmensamente ricos aún quieren seguir exprimiendo el país. Más aún, Ortega y su mujer podrían irse a cualquier país y disfrutar de su fortuna pero no es solo dinero lo que quieren, también quieren restregar su poder en el rostro de los enemigos. Quiere la doña que aquellos que alguna vez la llamaron puta, loca y poeta de mierda, se muerdan ahora la lengua. Quiere el anciano que la sociedad que siempre lo trató como escoria lo vea ahora dirigir los destinos del país. Quieren desquitarse, quieren vengarse.
Nadie, ninguno en esa familia tarada sobreviviría ni un solo día allá afuera de su fortaleza. Como esos animalitos salvajes que han sido criados en cautiverio, no podrían sobrevivir fuera de su jaula de oro. Sin haber trabajado nunca ninguno de ellos, desde el abuelo hasta el último de la sangrienta estirpe, sin saber lo que significa ganarse el pan con el sudor de su frente, sin ninguna disciplina, sin mucha inteligencia (pues habilidad para el crimen no es lo mismo que inteligencia), sin ningún conocimiento útil, lo único que les quedaría sería mendigar o prostituirse, pues aunque en esa familia no son muy agraciados siempre hay por ahí algún desesperado dispuesto a acostarse con cualquiera.
Entiendan, más de uno ha dicho que Ortega y su mujer se creen dioses, no es así, en el universo en el que ellos viven ellos son dioses. No se creen dioses, se saben dioses. Por eso no hay otra alternativa que destruir ese planeta en el que viven. Que yo recuerde, ninguno de los dioses que se fueron abandonó nunca el Olimpo por su propia voluntad, fueron echados fuera.

lunes, 16 de marzo de 2020

La dictadura y el Coronavirus


Usted no me está parando bola. Yo aquí tratando de llamar su atención, tratando de preocuparle así como estoy yo de preocupado y usted viendo hacia otro lado o mirándome como loco. Y no es que me moleste que me miren como loco, en realidad ya me acostumbré, pero esta vez quiero que me tome usted en serio y me lea hasta el final y ojalá y consiga yo preocuparle, aunque solo sea un poco, pues esto de lo que quiero hablarle me parece de una seriedad terrible.
Le voy a hablar del comportamiento de la dictadura frente al Coronavirus. Hoy estuve escuchando comentarios por la radio y leyendo opiniones por aquí y por allá de diferentes segmentos de la población y percibo que la idea general que tiene la gente es que frente a la amenaza del Coronavirus el gobierno es irracional, que la chamuca y el dictador están locos y que son unos irresponsables. Creo que hay gente que piensa que Ortega y la Murillo no son conscientes de lo que hacen, que están encerrados en una burbuja allá en El Carmen y no son capaces de entender lo que está ocurriendo en el mundo y lo peligroso que es el virus, sobre todo para un país como el nuestro que no tiene manera de enfrentarlo, con una población que en un buen número y por diferentes razones está en enorme riesgo.
Déjeme decirle que en mi opinión en el universo chamuco nada ocurre por casualidad, todo tiene un propósito y un objetivo, cada acción o inacción es un movimiento de piezas en el desquiciado ajedrez de la dictadura. Esta actuación frente al Coronavirus no es casual, es dirigida, es racional. Es racionalidad chamuco-ortegana pero racionalidad al fin.
En las sanas mentes de usted y de mí (la suya seguramente más sana que la mía) eso de exponer a la gente al contagio del virus de ese modo escandaloso parece definitivamente una locura, un acto irracional, pero no, no lo es, no se engañe usted: es un acto consciente del dictador y su consorte, una actuación muy bien pensada. Esos niños y los adultos que fueron enviados a recibir a los turistas que llegaron el fin de semana en el crucero MS Amadea fueron enviados ahí con la intención de que se contagien con el virus. Las concentraciones ya realizadas y las planeadas tienen la intención de que las personas se contagien del virus las unas a las otras. Seamos claros: en Nicaragua no hay maneras de evitar la muerte de los contagiados que se encuentran en las categorías de mayor riesgo, los ancianos y las personas con su inmunidad disminuida. No hay medicina, no hay equipos, no hay conocimientos, ni se están adquiriendo estas cosas por ninguna parte.
Hay que procurar entender la racionalidad chamuco-ortegana y para eso hay que estudiar detenidamente las dictaduras de los Somoza, del padre y los dos hijos. Observando las cosas que Daniel Ortega hace, las cosas que dice, parece como si debajo de su almohada guardara celosamente una biografía de Anastasio Somoza García y la leyera cada noche. Somoza García parece ser el mentor de Ortega, su ídolo. Pero Ortega no se queda ahí y también presta atención a los modos de actuar de los Somoza Debayle que heredaron la dictadura de su padre y le imprimieron su propio sesgo. Ortega copia a los Somoza y se refocila pensando que los supera ya.
Otro día le hablaré de esto con más detalle, por hoy déjeme decirle que en este momento Ortega parece estar siguiendo el ejemplo del último de los Somoza en su comportamiento frente a la enorme tragedia que significó el terremoto de Managua en 1972. El terremoto le sirvió a Somoza Debayle para fortalecer su dictadura y para hacerse más rico de lo que ya era, entre otras formas lucrándose de la ayuda internacional recibida. Aunque había un triunvirato, que era un gobierno de mentira, Somoza Debayle creó un Comite Nacional de Emergencia al que dio poderes especiales y que él mismo presidió. Ese comité tuvo en realidad el poder real.
Le voy a decir lo que creo que pretenden hacer Ortega y la Murillo. Como no tengo miedo al ridículo se lo voy a decir claro y pelado: quieren que haya una tragedia enorme en el país, que haya caos, que muera mucha gente y muchos otros se enfermen para entonces, bajo la justificación del caos y la tragedia imponer un estado de emergencia que utilizarán para dos cosas: para hacerse más ricos y para afianzar su poder. Anoche no dormí pensando en estas cosas y tratando de entender el razonamiento criminal de los Ortega Murillo. Hice una lista (que no publicaré) de las cosas que harán a la sombra de un estado de excepción en el que su asamblea les dotará de poderes extraordinarios y omnímodos, un poder sin límites. El horror que se vivió a partir de abril del 2018 será solo una sombra del terror que impondrán entonces bajo la excusa de la seguridad nacional y la lucha contra el virus.
Hay gente por ahí, algunos quizás con buena intención, que piden casi a gritos que se imponga un estado de emergencia para enfrentar la pandemia, ellos no tienen idea de lo que están hablando. Con o sin estado de emergencia la dictadura no tiene maneras de enfrentar el virus, ni tiene voluntad de hacerlo. Con estado de emergencia lo único que procurará la dictadura será silenciar de una vez y para siempre a la oposición. Estado de Sitio, Ley Marcial, toque de queda, son cosas que los mayores conocimos muy bien, esas son las cosas que se vendrán encima del pueblo nicaragüense. Bajo su sombra, Ortega procurará eliminar los obstáculos a su poder. Como Somoza García, su mentor, el dictador solo conoce tres instrumentos para mantenerse en el poder: plata, palo y plomo y en esta etapa de la dictadura la plata y el palo no bastan ya, ahora subirá la dosis de plomo hasta ahogarnos en el humo de la pólvora.
Me gustaría estar equivocado, pero ¿y si no lo estoy?

lunes, 25 de noviembre de 2019

El dique

En Nicaragua hay un levantamiento popular en proceso cuya duración se acerca ya a los dos años. Se trata de una insurrección pacífica de un pueblo contra una tiranía que le oprime, que le asfixia, que le impide vivir en paz, en libertad, en democracia. Algunos piensan que ese levantamiento ha sido sofocado, que el pueblo ha sido derrotado pues ya no se ven los signos aparentes de avance, tales como grandes manifestaciones populares. Que el pueblo ha sido derrotado, que todo ha vuelto a la normalidad es la enorme falsedad que la dictadura y sus aliados están propagando a los 4 vientos. La inmovilización de un pueblo a punta de una represión violenta, descabellada, irracional, sin parangón en nuestra historia solo es indicativo de la enorme separación entre pueblo y gobierno, de que lo único que sostiene a la dictadura es su capacidad de represión. Hay claras señales de que el régimen se aferra por la fuerza a un poder que no es suyo, que el pueblo continúa firme en su decisión de recuperar lo que le pertenece: el derecho a escoger su propio gobierno, el derecho a vivir en paz y libertad. No es normal que el gobierno, en lugar de realizar las tareas que le corresponden se dedique nada más que a procurar por todos los medios posibles mantenerse en el poder. La dictadura ha construido un dique enorme para frenar el empuje del pueblo pero ese dique hace agua por todos lados. Sabe la dictadura que aún el chorrito más pequeñito, si no se le contiene, tiene la capacidad de convertirse en una enorme corriente que junto a otras puede echar abajo el dique. Por eso vemos ocurrir cosas tan irracionales como el hecho de apresar y llevar a juicio a jóvenes que llevaban agua a un grupo de mujeres en huelga de hambre en una iglesia pidiendo la liberación de sus hijos e hijas injustamente aprisionados. Un día, la dictadura no tendrá más la capacidad de frenar con su represión el empuje del pueblo insurrecto armado nada más que con su firme voluntad de ser libre. Un día, más temprano que tarde, nuestro pueblo, como un río desbordado, romperá el dique terrible de la dictadura y arrasará con la estirpe tarada, sangrienta y criminal que se ha apoderado de nuestro país.

domingo, 14 de julio de 2019

Yo, feminista


Para quienes no lo sabían lo digo aquí: soy feminista. No lo había dicho porque yo no tengo ninguna importancia. En realidad a muy poca gente le importa qué soy o qué no soy. Cuando Justin Trudeau lo dijo levantó grandes olas a nivel planetario, si yo lo digo no pasa nada, mis palabras caen como un moco en una piscina. Nadie se dará cuenta. Aunque según alguna gente soy más guapo que Trudeau, el tipo además de carismático, es el primer ministro de Canadá y sus palabras tienen peso, se convierten en acciones que tienen que ver con la vida de mucha gente. Yo lo cuento ahora para ver si logro influir en las tres o cuatro personas que leen las cosas que escribo, que escuchan lo que digo. También es por una cuestión de honradez: ahí estoy ahora, como mucha otra gente, empeñado en impulsar un cambio en Nicaragua, en salir de la dictadura y crear una nueva sociedad, más justa e inclusiva. Esa nueva sociedad tiene necesariamente que ser igualitaria. En todos sus aspectos. No podemos seguir así como vamos, tenemos que hacer las cosas de mejor manera.
En esa nueva sociedad en la que pienso, todos, hombres y mujeres, tendríamos que ser feministas. Serlo es vital para una sociedad. Para la nuestra sobre todo, con horribles rasgos que la paralizan: clasismo, racismo, machismo, sexismo y más.
También digo ahora que soy feminista porque he visto de nuevo en estos días una conferencia de Chimamanda Ngozi Adichie y la definición que ella hace de un feminista me lo puso fácil y se lo pone fácil a usted también. En sus palabras: «Feminista es un hombre o una mujer que dice: “Sí, hay un problema con el género tal como existe hoy, y hay que solucionarlo. Tenemos que hacerlo mejor”» Claro, el meollo del asunto es cómo lo solucionamos, pero hay que empezar por reconocerlo y reconocer la necesidad de cambiar las cosas.
Para mis dos hijas, pero también para las hijas de usted, quiero la mejor sociedad, una en que no existan límites a lo que ellas pueden ser y hacer según sus potencialidades. Una en que su género no haga diferencia. Ni su color, ni el estrato social en que se criaron. Porque he visto lo que gana una sociedad cuando las diferencias por cuestiones de género se van difuminando, quiero que en nuestro país empiecen también esas diferencias a desaparecer. De ese modo, no solo las mujeres estarán mejor. Todos seremos mejores, hombres y mujeres. Ahora es el momento de empezar. [El video del que les hablo, que ya es un clásico,  puede verse haciendo click aquí]   

jueves, 20 de junio de 2019

Ahora que estamos solos...



Pienso que los nicas tenemos la tendencia a pensar que nuestro pequeño y lindo país es el centro del mundo. Recuerdo que en los años 80 del siglo pasado hablábamos como si la política exterior de los Estados Unidos y de la ahora desaparecida Unión Soviética se hubiese estado definiendo en Managua. Éramos la colita pero pensábamos que era nuestro movimiento quien movía al perro todo.
Pensar que somos muchísimo más importante de lo que somos puede ser una ilusión muy costosa para nosotros.
Olvidémonos de la loca idea de que los ojos de la comunidad internacional están puestos sobre nosotros y siguen nuestros movimientos atentamente como muchos insisten en decir. Nadie nos está mirando con atención. De vez cuando nos miran, ciudadanos y políticos de otros países, pero hay demasiadas cosas que mirar y atender en el mundo, muchas de ellas más urgentes o a sus ojos más importantes que nuestras cosas y la atención hacia nosotros no puede ser ni muy intensa ni sostenida. El nuestro es un problema más en un mundo lleno de problemas.
Los gobiernos pueden ayudarnos con algunos asuntos. Pueden exigir a nuestro gobierno que cumpla con aquellos compromisos que ha asumido en las organizaciones internacionales. Pueden imponer sanciones al gobierno en caso de incumplimiento a esos compromisos y, como ocurre con el gobierno de los Estados Unidos, pueden imponer sanciones a personas y gobiernos por incumplimiento de su propia legislación. Pero los gobiernos tienen límites a su actuación y esos límites están mucho más lejos de los que algunos de entre nosotros quisieran. Y es bueno que existan límites y que estén ahí donde están.
Pueden también los gobiernos de otros países ayudarnos a entendernos entre nosotros mismos, ayudarnos a arreglarnos. Pueden mediar entre nosotros para que dialoguemos y nos pongamos de acuerdo sobre la manera en que seguiremos adelante después de un conflicto.
Los gobiernos y los pueblos amigos de nuestro pueblo están ayudándonos en todo lo que pueden. Pero no es la “comunidad internacional” quien va a cambiar las cosas por nosotros en favor nuestro. Ni siquiera es una comunidad y no hablan los países con una sola voz. Somos nosotros los nicaragüenses quienes tenemos que arreglarnos y nos guste o no nos guste, una vez que digamos al mundo que nos hemos arreglado ellos nos van a creer y aceptarán nuestro arreglo, no importa si este es un buen o mal arreglo. Así funcionan las cosas.
Por eso es muy importante que hagamos bien las cosas sin esperar a que alguien más venga a arreglarlas por nosotros pues eso no va a ocurrir.
Por eso es muy importante que lo que resulte ahora sea un buen arreglo, un arreglo nacional, uno que otorgue ciertas garantías de que no regresaremos dentro de un par de años a este mismo horror que ahora estamos viviendo.
Por eso no se le puede dejar la negociación de nuestro presente y de nuestro futuro a ese pequeño grupito que ahora está ahí, negociando en nuestro nombre. Ya hemos visto lo que los arreglos de ese grupito de gente producen cuando les dejamos negociar en nuestra representación. Lo vimos en los doce años pasados y por más de un año hemos visto el más horrible rostro del monstruo de cien caras que resultó de la cópula de Ortega con el Cosep. Los mal llamados “empresarios” negociando con Ortega produjeron esta brutal dictadura. Es ingenuo ahora esperar que salga algo muy diferente de una nueva negociación entre los mismos que antes nos negociaron. No, no es ingenuo en realidad: es estúpido.
Solo es posible esperar un arreglo diferente si dejamos fuera de la negociación a la dictadura y al Cosep. Ni la una ni el otro son inocentes. Ya hemos visto lo que hacen con nuestra confianza ¿se la daremos de nuevo?
Bien sabemos lo que ocurre ahí en la oscuridad cuando la dictadura y los "empresarios" se quedan solos. A nuestros oídos llegan los chasquidos de sus inmundos besos y los susurros de sus promesas de amor eterno.
Con la ‘Alianza Cívica’ en diálogo con la dictadura el mensaje que fuera de Nicaragua se recibe es que hay avances, que las cosas se van normalizando. Ese es el mensaje que la dictadura quiere dar y aparentemente los empresarios también. ¿Le parece a usted que es así? ¿Se normaliza el país?
Mire que apenas parezca que estamos 'normal' se olvidarán de nosotros.
El tiempo apremia. Olvídense del fetiche de las elecciones adelantadas que solo sirven a la dictadura y sus socios y regresemos a la lucha por derrocar a la dictadura. Es hora de apartar a la Alianza Cívica, despojarla de cualquier poder de negociación y representación y llamar a un gran diálogo nacional sin Ortega y sin el Cosep, un diálogo para ponernos de acuerdo en cómo seguiremos de aquí en adelante. No podemos dejar a ellos decidir por nosotros lo que pasará con nuestro país, con nuestra sociedad, con nuestras vidas.
La UNAB debería dirigir este esfuerzo, pero si no asume el serio papel que la historia ahora le brinda tendrá que ser dejada de lado también y otros grupos tendrán que llenar ese vacío. Es urgente.
Nadie vendrá a salvarnos de nosotros mismos. Las sanciones pondrán a la dictadura al borde del precipicio, corresponde a nosotros darle el último empujón. Si alguien va ahora a pedir que no se impongan sanciones o que no se aplique la carta democrática, estará traicionando a este pueblo que quiere y necesita salir de la dictadura y empezar a andar hacia la democracia. Nada de "aterrizaje suave", la dictadura debe estrellarse contra el suelo y romperse en  un millón de pedacitos.

domingo, 12 de mayo de 2019

El que no brinque



Creo que tenemos que exprimir el cerebro y usar la imaginación para producir nuestros propios instrumentos para la lucha del presente, pues si usamos las mismas cosas que en el pasado usamos para combatir otras dictaduras o para combatirnos los unos a los otros, corremos el riesgo de reproducir precisamente aquellas características nuestras que deseamos erradicar. Los instrumentos que usamos no son neutrales, están cargados de significado. Voy a usar un ejemplo nada más, para llamar su atención, para ponerle en alerta, si acaso quiere usted estar alerta.
Lo ví el otro día en una transmisión en vivo con cierto pánico y con lástima. Allá en Managua, en una manifestación de nicas que dicen estar contra la dictadura, la gente empezó a corear ‘el que no brinque es sapo’ y a brincar, pues nadie de ese grupo quería parecer 'sapo'. De entre las muchas ‘consignas’ usadas en las manifestaciones de los años de la 'revolución sandinista', aquella que decía ‘el que no brinque es contra’ era una de las que más me disgustaba. Me disgustaba entonces y me disgusta aún más ahora.
La frase no es nada original –en realidad fueron pocas las frases originales en la ‘revolución sandinista’– y yo sabía que era utilizada en Sudamérica por los partidarios de los equipos de futbol en los estadios, solo que en vez de utilizar la palabra “contra” usaban el nombre –o el apodo o la palabra denigrante– de los partidarios del equipo contrario. Lo sabía porque una vez en un programa del gordo Porcel, el cómico argentino, había escuchado la frasecita.
La consigna –todas en general y esta en particular– era un instrumento que servía para darle cohesión al grupo, su repetición creaba un lazo entre sus miembros y reforzaba el sentimiento de pertenencia al grupo. Era una consigna divertida, alegre, jodedora como el pueblo nica, y cada vez que en una manifestación se saltaba, los unos se reían de los otros viendo el esfuerzo de cada cual al saltar, pero sobre todo, los unos se reían con los otros y se fortalecía el sentimiento de camaradería. Este era un lado de la moneda, el lado amable, el lado bueno, pero había un otro lado, el lado tétrico, negativo, feo. En su otro lado la consigna tenía un efecto de exclusión, divisorio, atrayendo a tu círculo a los tuyos y alienando a los otros, dejándolos fuera. Afuera quedaba el que no brincaba y el que no brincaba, como hemos visto, era un "contra", la peor clase de gente según los estándares ‘revolucionarios’, que había que aplastar como se aplasta una alimaña. Si la consigna se hubiese quedado en las plazas en las que las manifestaciones se producían no habría habido problemas, pero la consigna trascendió y se convirtió en un lema omnipresente y ocupó todos los espacios de la sociedad y allá vos tenías que brincar o eras un “contra”.
Brincar, más allá de los espacios de las manifestaciones, en la vida diaria, no era el acto físico de impulsarte hacia arriba y dejar el suelo por un momento, significaba que seguías los lineamientos que llegaban "de arriba” y cumplías con las tareas revolucionarias que de vos se esperaban. Era someterse, despersonalizarse, subordinarse, plegarse, ser de los míos, estar conmigo. El que está conmigo goza de mi protección de mi favor, el otro, el de afuera, el que no está conmigo, el que no brinca pues, el contra, ese que Dios lo guarde porque habrá de saber cuán larga es la hoja de mi bayoneta.
Esa manera de ver el mundo en blanco y negro, de percibir a unos –los que te siguen– como buenos y a otros –los que te adversan– como malos, no fue una invención del sandinismo. Ese modo de excluir al otro, al que no está de acuerdo con vos, al que tiene una opinión diferente y mira las cosas de otro modo, de no dejar espacios de actuación a aquel que no te obedece servilmente, se utilizaba ya desde tiempos inmemoriales en Nicaragua. Somoza perfeccionó la exclusión, la polarización, porque fue el primer gobernante en contar con un ejército nacional único, y tenía en consecuencia la fuerza para hacerlo. Los sandinistas llevaron ese malvado “arte” de la exclusión a su máxima expresión y para ellos “el que no está conmigo contra mí está” adquirió un carácter axiomático y la sociedad se polarizó como nunca antes. Que así haya sido y no de otro modo fue una lástima para un país que ansiaba cambiar para mejorar y dejar de ser la primitiva agrupación humana en que se había convertido bajo la dictadura de Somoza. Pero los comandantes eran el producto nada más de la sociedad en que nacieron y se criaron y no eran ni fueron capaces de trascender. La tarea de dirigir la construcción de una nueva sociedad les quedó demasiado grande. En su caso, el dicho de mi amigo Pablo Salazar “el chancho es como lo crían” nunca fue más cierto. Las perlas no son para los cerdos dice la biblia y ya ves cuán cierto es.
A quien me diga que brinque le responderé con gusto: que brinque tu madre.


[Esta es una versión recortada de un post publicado en 2007 en otro blog mío]



sábado, 4 de mayo de 2019

Aquello que no vemos


Que solo podemos ver aquello que conocemos dijo el sabio alemán Johann Wolfgang von Goethe. La primera vez que la escuché, de boca de un médico amigo mío ya fallecido, aquella frase me sacudió por su enorme significación: es posible que alrededor nuestro estén ahora mismo ocurriendo cosas que no podemos ver porque no las conocemos. Están quizás ahí frente a nuestros ignorantes ojos talvez haciéndonos muecas, pero como nunca las conocimos no somos capaces de verlas.

Siempre odié esa frase de “vamos ganando” que alguien decía con frecuencia y hasta alegremente el año pasado pues lo que entonces tenía lugar no era una competencia, no era un partido de futbol o algo parecido, sino un pueblo que luchaba por su libertad a costa de la vida de muchos de sus mejores hijos, cayendo asesinados cada día. Temía yo entonces que el pueblo creyera que la victoria sería fácilmente reconocible, que pensara que la lucha terminaría con el tirano huyendo apresuradamente como lo hiciera Somoza, y no fuesemos capaces de reconocer la victoria si ésta se presentaba de otra forma. Creo que fue eso lo que ocurrió precisamente en febrero de este año: la dictadura se presentó entonces frente a nuestros ojos, derrotada, pero no nos dimos cuenta, no fuimos capaces de verlo. No conocíamos aquello, nunca habíamos visto una cosa como esta y no supimos interpretarlo como lo que era. Asfixiándose, con los ojos en blanco por la falta de oxígeno, ahogándose en la sangre de los que cayeron desde abril, la dictadura fue en busca de auxilio y lo encontró en sus socios de siempre que viendo, ellos sí, la derrota del amigo, corrieron presurosos en su ayuda, se prestaron a un “diálogo” y lo sacaron de la tumba.

Ese grupo de gente que se hace llamar a sí misma “Alianza Cívica” y no es ninguna de esas dos cosas, arrogándose la representación del pueblo fue a sentarse a la “mesa de negociación” como si representara al grupo derrotado y no, como debía ser, a quien a costa de sus muertos, de su sangre, de sus lágrimas y su enorme sacrificio había ganado aquel desigual combate. Tendrían que haber ido a leer a la dictadura las condiciones en que ella debía rendirse, pero en su lugar los negociadores se rindieron ante el tirano aún antes de sentarse a la mesa. Se hicieron uno con él, para rescatarlo y rescatarse también ellos.

Ni la dictadura ni sus contrapartes en esa mesa consideran valiosa la sangre del pueblo, ni el sufrimiento de los secuestrados siendo torturados día y noche, ni el dolor de los heridos, ni el destino de los desaparecidos, ni el éxodo de decenas de miles, ni los centenares de miles de vidas truncadas, ni el llanto en fin de tanta gente que sufre ahora como nunca antes sufrió. Porque no consideran valioso todo este dolor, los “negociadores” de la “Alianza Cívica” fueron capaces de regalar la costosa victoria del pueblo y la han cambiado por nada, por hojas de papel escrito que no tienen ningún valor, que no sirven para nada. Oro cambiado por baratijas.

Ese opera bufa que se realiza en el INCAE, ese teatro de lo absurdo, debe parar. Ya, de inmediato. Hay que abandonar a la dictadura, quitarle el apoyo, dejarla sola, y la veremos entonces regresar a su lecho de muerte. Hay que apartarse de ella para que no finja que dialoga, para que sea claro a moros y cristianos, los de allá afuera sobre todo, que lo que aquí tenemos es una dictadura criminal armada hasta los dientes imponiéndose a sangre y fuego sobre un pueblo desarmado y pacífico. Regresemos al enfrentamiento puro y duro en el que estábamos y que dio como resultado las sanciones que vienen, la condena internacional, el gobierno convertido en paria, la dictadura en agonía. Dejemos que vengan las sanciones y las otras acciones que vendrán que la debilitarán aún más. Por nuestra parte, tenemos que subir el nivel de nuestra organización. La UNAB, si no quiere volverse irrelevante deberá apartar a los farsantes ‘dialogantes’ y ponerse ella misma al frente de la lucha del pueblo. Si no lo hace solo ella perderá pues saldrán seguramente otras organizaciones que sí lo harán.

No hay nada que dialogar con la dictadura. El diálogo debe producirse pero sin ella, un diálogo entre quienes queremos una nueva sociedad no la supervivencia del viejo orden de cosas en alguna nueva manera que es, a fin de cuentas, lo que persigue ese grupo de gente que acude devotamente al INCAE cada día a celebrar su misa negra.

jueves, 2 de mayo de 2019

La brecha


En un post de hace unos días decía yo que si en Nicaragua queremos tener una sociedad diferente de la que ahora tenemos tendremos que actuar de modo diferente y hacer cosas diferentes de las que hasta ahora hemos hecho. Si queremos un país diferente del que hemos creado no podemos seguir siendo los que hasta ahora hemos sido.

Para empezar, tenemos que hacer evidente que aquí hay dos grupos de personas que quieren diferentes sociedades: los unos, los ‘compañeros’ que apoyan a la dictadura, los otros, los ciudadanos que queremos construir la democracia. Entre ellos y nosotros no puede haber entendimiento pues perseguimos cosas completamente diferentes.

Necesitamos saber quiénes somos y con quién contamos en esta lucha que tenemos ahora y por delante y para eso hay que separarnos claramente y tomar distancia un grupo del otro. Hay una brecha entre ellos y nosotros que es necesario profundizar y hacer más ancha y más larga, alejándonos de ellos de todas las maneras: físicamente, espiritualmente, ideológicamente. Tenemos que dejar de parecernos a ellos, de pensar como ellos, de actuar como ellos, pues siendo como ellos las cosas seguirán como hasta ahora. Al separarnos de ellos la brecha se ampliará y quedará en evidencia que su mundo oscuro se va reduciendo, que ellos no son muchos, que nosotros somos más y que su espacio es muy pequeño en realidad mientras el nuestro se extiende más allá del horizonte. Hay que ampliar la brecha, dejando puentes de una sola vía para facilitar el paso hacia nuestro lado de aquellos que de uno u otro modo se encuentran atrapados al otro lado y desean escapar.

Allá, del otro lado de la brecha quedarán los ‘compañeros’, esos seres humanos que han sido reducidos a entes inferiores que besan las cadenas que les aprisionan y el látigo que les castiga, obedientes, disciplinados, dependientes como niños, fáciles de utilizar y usados por quienes detentan el poder del mismo modo que se usa el trapito de bajar la olla del fuego.

Acá, a este lado de la brecha estaremos los ciudadanos, personas libres, opinando, discutiendo, decidiendo por nosotros mismos, construyendo la nueva sociedad que queremos. A este lado es posible pensar y ser diferente y nadie nos dicta cómo actuar y cómo ser. En nuestra libertad y en nuestra diferencia radica nuestra fuerza.

No tenemos que esperar ni deberíamos esperar a que desaparezca la dictadura para empezar a construir la sociedad que queremos pues la misma construcción de la nueva sociedad acelera la caída de la vieja. La nueva sociedad se construye desde dentro de la antigua, como una semilla que al germinar rompe la envoltura que aprisiona al germen. Cada acción que emprendemos en pro de esa nueva sociedad la hace más fuerte y al mismo tiempo debilita al viejo orden. Lo que hacemos a este lado de la brecha tiene un efecto al otro lado.

Desde este lado de la brecha podemos los ciudadanos decidir que no queremos dejarnos gobernar más por esos que de maneras ilegítimas se han adueñado de todos los poderes. Nosotros tenemos el poder más grande, solo tenemos que estar conscientes de ello: sin pueblo al que gobernar tampoco habrá gobernantes. Nosotros somos el piso sobre el que ellos se paran. Si les quitamos el piso no tendrán dónde pararse. Ni siquiera tenemos que hacerles la guerra, pues eso les fortalece, solo tenemos que quitarles el lomo. No tenemos que salir a enfrentarlos a la calle, dejémosles el asfalto, que se lo coman si quieren. Ya iremos a la calle a celebrar, cuando se hayan ido, o el último día, para sacarlos. La calle es un fetiche, el poder está en otra parte, está en nosotros mismos, hay que mirar hacia adentro.

Podemos dejar de pagarles impuestos, por ejemplo, para que no nos repriman usando nuestro mismo dinero. Podemos encerrarnos todos en nuestras casas y desde allá adentro sonar nuestras vacías ollas, todos al unísono. Si de todos modos no tenemos nada para comer ¿por qué no tener fines de semana de ayuno y oración? Podemos irnos todos a nuestras iglesias y encerrarnos ahí a orar para que se vayan. Piense usted qué cosas podemos hacer para salir de ellos y háganlas usted y los suyos. No le ponga freno a su imaginación. No es cierto que es ‘o diálogo o guerra’, eso es un invento dirigido a inmovilizarlo a usted y solo sirve a la dictadura y a esos que hoy la apoyan dialogando con ella. Dejemos de dialogar y que sea claro que la dictadura está sola frente a todo un pueblo, entonces vendrá a rogarnos que dialoguemos con ella y les enviaremos un emisario, no para dialogar sino para dictarle las condiciones de su rendición, que es lo que la así llamada ‘Alianza Cívica’ debió hacer desde un principio, cuando la dictadura se encontraba, como ahora, al borde del precipicio.

Un día, más temprano que tarde, la dictadura caerá estrepitosamente y entonces nos sorprenderemos de lo débil que estaba y entenderemos que nos dejábamos asustar con el petate del muerto.

domingo, 21 de abril de 2019

Al modo de la mula (o de cómo se le quita un país a un dictador)



Lo he dicho varias veces así que ya es hora de explicar lo que quiero decir cuando digo que para librarnos de la dictadura tenemos que plantarnos como las mulas. Se lo voy a explicar desde el principio.
Un día iba yo viajando con un campesino por un caminito allá en el confín de una colonia de Nueva Guinea, en el Caribe nicaragüense, cada cual montado en una mula y en cierto momento tuvimos que atravesar un puente de madera. Su mula lo cruzó sin problemas, la mula que yo montaba no quiso subir al puente, temerosa quizás, y retrocedió buscando un paso alternativo. Yo quería dejarla hacer como ella quisiera, pero el campesino me detuvo con un gesto.
–No, amigo –me dijo, serio– tiene que hacerla cruzar por el puente si no, esa mula agarra ética.
Era su mula y no la mía así que obedecí y como pude, luchando con ella y batallando por mantenerme en la albarda y clavándole las espuelas, obligué a la mula a cruzar el puente. Pensé en aquel momento que el campesino no sabría lo que significaba la palabra ‘ética’ y que lo que entonces quiso decir fue que la mula agarraría una maña, pero un día, años después, luego de muchos kilómetros recorridos por malos caminos a lomo de mula o a pie jalando otras, terminé enterrado de cabeza en un lodazal al que la mula que montaba me había lanzado, harta de mí pues ya llevaba tres días en su lomo, y entendí entonces que el campesino aquel había empleado la palabra correcta.
Ya me lo había dicho mi padre, que las mulas tienen mala fama gratuita, que no son estúpidas y son animalitos muy inteligentes, más inteligentes que mucha gente que anda por ahí. Tienen las mulas un concepto claro de lo que está bien y de lo que está mal, de lo que es permitido y lo que no lo es y no aceptan así sin más lo que a ellas les parece injusto o incorrecto. No les gusta que las exploten más allá de lo que ellas consideran aceptable y protestan cuando ocurre. Si están acostumbradas a acarrear dos pichingas de leche no aceptarán tranquilamente que un día se les ponga encima una tercera, o un quintal de frijoles además de la leche. No aceptan trabajar más allá de las horas que han aprendido a hacer. Si las monta alguien que no sabe montar, o es muy pesado, o les clava las espuelas sin necesidad y les hace daño, las mulas van a corcovear y buscarán como apearse al montado. Si las ensilla alguien de mal modo o alguien que no sabe hacerlo bien, sin suficientes peleros para protegerles el lomo, por ejemplo, no se dejarán ensillar. Si se las toca por lugares que a ellas no les gusta, como un pie accidentalmente metido en el ijar, van a corcovear también. No les gusta ser maltratadas y no aceptan el maltrato. No aceptan ser tratadas con descuido. Si las tratás bien y cuidas bien de ellas, las mulas estarán contentas y trabajarán con entusiasmo y harán por vos todo lo que esté a su alcance, si no, serán una pesadilla.
La mula tiene sus maneras de hacer saber que no está contenta, que no está de acuerdo. Empieza con pequeñas señales como mover las orejas, o la cola, o la cabeza y si no se le presta atención va subiendo el tono hasta llegar al corcoveo para apearse la carga o el montado. Si nada surte efecto y no se le presta atención, la mula recurre a su más refinado instrumento, su herramienta última: se planta. Se detiene y se queda parada y si está realmente harta, o cansada y a punto de reventar, se echa y de ahí no se mueve más hasta que descansa, o es aliviada de parte de su carga o se soluciona lo que sea que la molesta, pero si nada cambia, si no se remedia la situación que motivo el plantarse ahí se quedará per saecula saeculorum. La mula está dispuesta a dejarse matar antes que aceptar la injusticia, el maltrato. No aceptará seguir adelante con una carga demasiado pesada o una albarda chimándole el lomo y creándole una llaga. Así plantada más de una ha muerto bajo el garrote de un amo violento, ingrato y estúpido. La mula es la maestra de la lucha no violenta, es al reino animal lo que Mahatma Gandhi es a los humanos.
Creo que tenemos mucho que aprender de las mulas. Tendríamos que haber aprendido antes, pero nunca es demasiado tarde. Tendríamos que haber reclamado cada vez que se violaron nuestros derechos, cada vez que nos acallaron con violencia, cada vez que nos impusieron cargas demasiado pesadas. Tendríamos que haber reaccionado vivamente mucho antes de abril del pasado año. Tendríamos que haber corcoveado antes y apeado de encima la carga, no dejarles montar tan largamente sobre nuestros lomos, pero aún no es tarde y por suerte hemos despertado y aún le quedan a la mula muchos trucos, aún le queda su truco último, el decir ‘matame si querés, hijo de puta, pero yo de aquí no me muevo, quien se va sos vos, no yo’ y plantarse.
¿Cómo se traduce eso en acciones? Ya andan varios hablando de estas cosas, tenemos que escucharnos los unos a los otros, ponernos de acuerdo, organizarnos. Organización es la palabra vital.
En este escrito que les recomiendo leer encarecidamente, el ciudadano que lo escribe nos dice que terminar de demoler el ‘edificio de la opresión’ que ‘está dañado estructuralmente’ y construir un nuevo edificio, uno democrático, se puede hacer con ‘desobediencia civil, parálisis fiscal, paro económico, y una eventual ocupación de las calles’. Yo pienso que eso es precisamente plantarse como las mulas. Que no nos puedan gobernar, que no tengan lomos en los que subirse, en los que poner sus cargas. ¿Se imaginan ustedes qué pasaría si todas las mulas juntas nos plantáramos simultáneamente? ¿se imaginan qué ocurriría si les quitáramos el lomo a la dictadura, si no tuvieran mula en que montarse? Yo creo que no les quedaría más remedio que irse.
¿Que eso no es fácil? Claro que no es fácil. Ninguna mujer que ha parido dirá que su parto fue fácil, pero ninguna dice que todo aquel dolor para parir su retoño no valió la pena. Todo este dolor habrá valido la pena cuando veamos el rostro de la nueva Nicaragua, la democrática.